Metaleros chilenos en los 80

Hubo un tiempo en Chile en que ser metalero no significaba solamente escuchar una música distinta. A mediados de los años ochenta, mientras el país seguía viviendo bajo una dictadura sangrienta, un adolescente de pelo largo, jeans ajustados, zapatillas gastadas y una chaqueta cubierta de parches podía atravesar una calle sin haber cometido delito alguno y, aun así, sentir que algo en su apariencia bastaba para volverlo sospechoso. No hacía falta una pancarta, una consigna ni una militancia política. Bastaba con salirse de la fotografía que aquel Chile esperaba de sus jóvenes y, en aquellos años, salirse de la fotografía podía tener consecuencias.
La sospecha no era una abstracción. La “detención por sospecha” existía y en 1985 más de doscientas mil personas fueron detenidas bajo esa figura. La desaparición forzada tampoco pertenecía todavía a los libros de historia porque estaba ocurriendo en ese mismo presente. Había presos políticos, torturados, exiliados, ejecutados y familias enteras intentando averiguar dónde estaban los suyos. El miedo tenía sonidos domésticos. Un automóvil que frenaba demasiado cerca, unos golpes inesperados en la puerta, o el mismo silencio de una llamada que no llegaba, la hora avanzando mientras un hijo seguía afuera. En ese país, en ese entorno y contexto, nacía el metalero chileno.
Sería fácil convertir hoy a esos cabros en combatientes que quizá nunca pretendieron ser. Pero no hace falta apuntar a las direcciones incorrectas. La mayoría buscaba música, amigos, cassettes y tocatas. Querían descubrir quiénes eran y encontrar esa sensación física y espiritual que aparece cuando una melodía guitarra atraviesa por primera vez el cuerpo. Pero aunque no hubiera una declaración política detrás de una chaqueta de mezclilla, dejarse crecer el pelo, vestirse de negro y negarse a pasar inadvertido tenía otro peso en una sociedad que llevaba años aprendiendo “las ventajas” de obedecer, callar y no llamar demasiado la atención.
La diferencia había que llevarla puesta. Subirse así a la micro, ir a clases, caminar por la calle, cruzarse con una patrulla y después volver a casa. Lo que hoy miramos con nostalgia en una fotografía, era entonces una identidad difícil, interpretada por los miopes, como un disfraz. Cortarse el pelo habría sido sencillo. Vestirse distinto también. Ocultar los discos dentro de la pieza y aprender a parecerse al resto podía evitar discusiones, burlas y controles.
Muchos eligieron no hacerlo, porque el instinto fue superior al miedo.
A ese país vigilado se sumaba una sociedad donde la Iglesia Católica todavía ejercía un poder enorme sobre la moral familiar y académica. Cuando llegó el metal, ese poder encontró demasiado pelo, demasiado negro, demasiado ruido y demasiados símbolos que no estaba dispuesto a comprender antes de juzgar. La estridencia, las cruces invertidas, los demonios, las calaveras y nombres como Slayer, Venom o Possessed eran material suficiente para alimentar sermones, advertencias y miedos que después atravesaban la puerta de las casas.
Entonces apareció una palabra capaz de resolverlo todo.
Satánico.
No hacía falta escuchar un disco completo ni entender una letra. Bastaba una portada oscura para que esa música pudiera convertirse en corrupción, peligro o amenaza espiritual. La demonización hizo el resto. Un sacerdote advertía, el profesor de religión repetía como loro, un vecino comentaba y una familia terminaba preguntándose qué mierda estaba escuchando su hijo. La condena religiosa no se quedaba en el púlpito. Ayudaba a cerrar puertas, alimentaba el temor de los padres y convertía una elección musical en un problema moral.
Pero en esto, hay algo profundamente torcido. Un país acostumbrado a convivir con una violencia real podía escandalizarse frente a la violencia dibujada en una carátula. Mientras familias chilenas eran separadas por la cárcel por razones políticas, el exilio o la desaparición, el universo de “Dios, patria y familia” podía encontrar una amenaza en el pelo largo de un adolescente o en una calavera cosida sobre una chaqueta.
Y los padres tenían miedo.
No todo ese miedo nacía de la religión o del prejuicio. Ellos sabían perfectamente dónde estaban criando a sus hijos. Una tocata, una esquina, cinco cabros de pelo largo y una patrulla que decidía detenerse podían convertir una noche cualquiera en otra cosa.
Es fácil imaginar al adolescente frente al espejo un sábado por la tarde, todavía con el pelo húmedo, poniéndose una polera negra y una chaqueta cuyos parches habían costado plata, trueques o tardes enteras de búsqueda. Quizá alguno había sido cosido por su propia madre, que podía desconfiar de esa música y aun así ayudarlo a dejar lista la ropa con que saldría esa noche. Las mamitas son así.
Pero inmediatamente llegaban las preguntas.
Dónde vas.
A una tocata.
Con quién.
Con los cabros.
Y enseguida las advertencias que tantos escucharon.
Ten cuidado. No llegues tarde. No te metas en problemas.
El problema era que a veces no hacía falta buscarlos.
Aun así salían.
Y en ese instinto, rebeldía y determinación comenzó a manifestarse el Dios Metal que algunos seguimos reconociendo décadas después cuando un riff logra despertar algo que parecía dormido. No descendió desde ningún cielo ni necesitó sacerdotes. Se comunicó por medio de parlantes, de una radio, de una cinta copiada demasiadas veces y encontró al cabro que tenía que encontrar. No siempre importaba entender las palabras. Primero llegaba el golpe. Después la necesidad de escucharlo otra vez. Mucho más tarde aparecerían las razones.
El Dios Metal entregó determinación.
Entonces comenzaron a buscarse.
Conseguir música formaba parte del rito. Un cassette podía viajar por tantas manos que terminaba sonando como si la banda tocara detrás de una muralla. Las carátulas se fotocopiaban, las letras se adivinaban con un inglés rudimentario y un nombre perdido entre los agradecimientos de un disco podía iniciar una búsqueda de semanas. Un amigo conocía a alguien que tenía Kreator. Otro sabía dónde habían llegado discos. Otro aparecía con una cinta que nadie más poseía.
No era difusión.
Era transmisión.
Y mientras esas cintas circulaban, algunos de aquellos mismos cabros dejaron de limitarse a escuchar y comenzaron a fabricar su propia música. Dorso ya estaba ahí desde 1984 levantando un universo de horror, ciencia ficción y criaturas imposibles. Pentagram apareció en 1985 y sus demos terminarían viajando fuera de Chile mediante las mismas redes artesanales que sostenían el underground. Necrosis, Massacre, Rust, Vastator y otros nombres fueron poniendo sonido a una escena que todavía carecía de infraestructura, pero ya tenía hambre.
El Death Metal Holocaust de 1985 reunió a varias de esas bandas y dejó una señal difícil de ignorar. Aquellos jóvenes no solo honraban la inspiración de la música extranjera. Ya estaban creando la propia.
Alrededor de ellos aparecieron también los lugares que fueron verdaderos refugios. Las Palmas, Rock Shop, disquerías, ferias y puntos de intercambio permitían encontrarse, conseguir material y reconocer caras. El Manuel Plaza adquirió otra dimensión porque allí el cabro que durante la semana era observado como extraño podía entrar y descubrir cientos de chaquetas, camisetas y pelos largos parecidos al suyo. Los parches dejaban de ser una rareza y se convertían en lenguaje, en un saludo. El ruido que afuera pedían bajar era exactamente aquello que todos habían ido a buscar.
Por unas horas nadie tenía que explicar nada.
Y la raíz no terminaba en Santiago.
En Valparaíso ya estaban Belial y D.O.D., mientras hacia el final de la década aparecía Betrayed y Las Torpederas podía transformarse en escenario para una generación que tocaba donde hubiera espacio. Más al norte, Antofagasta comenzaba a reunir a sus thrashers en puntos como el Caracol y Plaza Matta, al mismo tiempo que bandas como Asphyxiated, Regurgitation Deceased y Dr. Utrículo empezaban a poner sonido propio al desierto de Atacama. Calama tenía a Plagio y Tocopilla a Chután, mientras cintas, cartas y viajes iban conectando ciudades separadas por cientos de kilómetros.
En Iquique, Scrotum Death se formó en 1988 y alcanzó a registrar material en Estudios Estrella del Norte durante el verano de 1989. En Copiapó aparecían Parricide y Atomic Genocide, mientras La Serena veía surgir a Sentencia hacia el cierre de la década. Talcahuano tenía a Blaster y el Papillon quedaría ligado a una de las primeras tocatas metaleras documentadas de la zona. Más al sur todavía, los cassettes, revistas y cartas avanzaban hacia Puerto Montt, Chiloé y la Patagonia, muchas veces encontrando primero oyentes y después lugares donde tocar.
No ocurría con la misma intensidad en todas partes. Algunas ciudades tenían bandas y tocatas, otras apenas un grupo de cabros, una disquería, alguien que conseguía material o una casa donde podían reunirse a escuchar una cinta.
Pero estaba ocurriendo.
Eso es lo extraordinario.
Nadie coordinaba nada. No había una oficina central, una industria ni una estrategia para extender el metal por Chile. Muchos de esos jóvenes jamás se conocieron y seguramente ignoraban que cientos de kilómetros más allá otros estaban haciendo exactamente lo mismo. Conseguían un cassette, lo copiaban, encontraban a alguien que escuchaba esa música, armaban una banda, buscaban un amplificador, conseguían un lugar y organizaban una tocata que antes ambientaban con esos mismos cassettes.
La semilla negra avanzaba bajo tierra.
La resistencia individual empezó así a convertirse en nicho porque cada metalero necesitaba encontrar a otros para que aquello pudiera sobrevivir. El nicho, a fuerza de repetirse, empezó a transformarse en comunidad. Y esa comunidad fue construyendo algo mucho más profundo que un circuito musical. Estaba naciendo una manera de enfrentarse al mundo, hecha de búsqueda, fidelidad, terquedad y un orgullo extraño por aquello que desde afuera tantos insistían en despreciar.
La precariedad ayudó a darle forma, a templar el metal. Si alguien conseguía un cassette, lo copiaba. Si sabía de una tocata, avisaba. Si encontraba un disco raro, compartía el dato. Si un tipo de otra ciudad escribía buscando material, alguien contestaba la carta. Todo era más lento y, quizá por eso, importaba más. Cada persona servía como puente hacia otra y cada cinta podía abrir un mundo entero.
Las bandas daban sonido a la germinación.
El público le daba raíces.
Por eso esta historia pertenece también al cabro cuyo nombre jamás aparecerá en una cronología. Al que nunca grabó un disco ni subió a un escenario. Al que tomó una micro para llegar a la Sala Lautaro. Al que caminó porque no tenía para otro pasaje. Al que prestó una cinta hasta destruirla. Al que escondió un cassette para evitar una discusión en la casa. Al que fue ridiculizado por el pelo, tratado de satánico de manera despectiva, al que fue mirado como delincuente o detenido por parecer sospechoso al no calzar con el canon del chaleco café. Al que sintió miedo cuando una patrulla bajó la velocidad y, aun así, la semana siguiente volvió a ponerse la misma chaqueta.
Ese metalero también estaba construyendo algo.
No sabía qué.
Quizás tampoco le importaba.
La música bastaba.
Porque cuando la música realmente logra hacernos sentido deja de ser acompañamiento. Se convierte en memoria, refugio, identidad y una máquina del tiempo que décadas después puede devolvernos a una pieza, una calle, una persona o una edad entera con apenas los primeros segundos de una canción. Puede permanecer años convertida en brasa y esperar pacientemente hasta que un riff vuelva a soplar sobre ella y encienda el alma.
Aquellos cabros todavía no podían saber cuánto duraría.
Solo sabían que abandonar esa música significaba abandonar una parte de sí mismos.
Y siguieron.
Mientras buena parte de Chile veía ruido y prefería sumarse al canto popular, debajo crecía una raíz. Mientras veía muchachos extraños, estaba naciendo una comunidad. Mientras esperaba que aquella extravagancia desapareciera con la adolescencia, la semilla negra ya recorría el desierto, los puertos, las ciudades del centro, el sur y la Patagonia.
Había comenzado como una elección.
La elección se volvió resistencia.
La resistencia construyó un nicho.
Y el nicho empezó a convertirse en una manera de vivir.
La orquídea todavía no mostraba su flor. Había germinado en la oscuridad, alimentándose de muy poco y protegida por una generación que, sin saber exactamente qué estaba creando, tuvo el instinto suficiente para no dejarla morir.
Sus raíces ya recorrían Chile.
Ahora tendría que aprender a crecer A Luz Indirecta.
Rodrigo 666
