EL MERCADO COMO PRINCIPAL AGENTE AHUEONIZADOR

La gente está cada vez más educada, pero muchas veces educada en la repetición y no en la razón. Nos forman para adaptarnos, rendir, consumir, obedecer y aplaudir cuando corresponde. El sistema dice estar “orientado al cliente”, pero en realidad nos reduce a perfiles, segmentos, usuarios, trabajadores, votantes y consumidores. Nos promete identidad, éxito y reconocimiento, mientras poco a poco administra nuestra voluntad.

Porque si nos damos cuenta, el mercado no solo ordena lo que compramos. También moldea lo que sentimos. Nos enseña qué debe gustarnos, qué debe emocionarnos y qué debe parecernos importante. Incluso la música, que alguna vez fue refugio, ruptura, descubrimiento y pertenencia, hoy aparece filtrada por algoritmos que reducen el azar, domestican la sorpresa y nos devuelven convertidos en playlist un resumen que ellos mismos arman para nosotros. Creemos elegir, pero muchas veces caminamos por un pasillo diseñado para parecernos libre.

Y bueno, la misma industria musical completa la operación. Nos bombardea con lo mismo, reparte premios para ellos mismos para ostentar relevancia y así, deja sin tribuna a talentos enormes que no calzan con el molde rentable del momento. Y esto también ocurre, aunque duela decirlo, dentro de nuestra propia comunidad rockera y metalera. Vemos efervescencia, ansiedad y hasta descontrol cuando llegan héroes inmensos como Metallica, Iron Maiden, Anthrax o Judas Priest, capaces de repletar arenas por días consecutivos y estadios completos. Merecidísimo. Nadie discute su grandeza.

Pero el tema es que la cancha no está nivelada. Mientras Iron Maiden llena dos Estadios Nacionales, bandas chilenas enormes como Inquisición, Pentagram Chile, Mar de Grises, Folkheim, Decessus, Alejandro Silva o Poema Arcanvs muchas veces deben conformarse con llenar, a duras penas, el legendario – pero pequeño – Bar de René. No por falta de talento, oficio, identidad o historia, sino porque no tienen la misma tribuna, el mismo apoyo ni esa validación automática que el mercado entrega a lo que viene consagrado desde afuera.

Ahí aparece una contradicción incómoda. Somos una comunidad que se reconoce a si misma como rebelde, pero a veces también espera que el algoritmo, la industria o algún extranjero, nos diga qué es lo que vale. Nos convoca la épica extranjera, pero no siempre sostenemos la épica local. Y despertar a esto, no significa dejar de honrar a nuestros héroes internacionales. Significa entender que la rebeldía no puede quedarse solo en la polera o el encandilamiento al set list de los grandes éxitos. Tiene que convertirse también en inquietud para escuchar lo nuevo y descubrir, en apoyo y presencia para cultivar la escena, para legarla. De una u otra forma, es volver a la esencia y desde el sentimiento Rockero / Metalero, encarar a ese Dios Algoritmo.

Porque ser rockero o metalero no es una pose congelada en la juventud. Es una forma de resistir la uniformidad del sistema. Es envejecer con orgullo usando poleras negras con las portadas de esos discos que nos dieron temple, identidad y refugio, aunque alguien nos mire raro. Es llevar el pelo largo o la cabeza rapada, usar aros, piercing o tatuajes si eso nos hace sentir más felices. Es conservar ese detalle notoriamente rockero incluso en nuestra propia interpretación de la formalidad, aunque cierta solemnidad idiota, lo considere impropio para la edad, el cargo o el rol.

¿Y qué les importa? No se trata de desafiar por desafiar. Se trata de ser, con honestidad, quienes siempre hemos sido. La rebeldía no debilita nuestro talento, lo vuelve más seguro, más propio, más verdadero. Porque el valor está en lo que hacemos y en la verdad con que habitamos lo que somos. No necesitamos disfrazarnos para encajar. Necesitamos ser Rockeros y Metaleros para que funcione.

Y desde ahí la rebeldía vuelve a tener sentido. No como esa caricatura empaquetada que venden el mercado y el sistema, sino como una inquietud viva, dinámica y genuina. Es el impulso de volver a escuchar “Innocent Sinner” de Inquisición, “Real Nightmares” de Lucifer’s Hammer o “Eternal Beauty of The Trees” de Uaral, pero también de seguir atentos, sorprenderse y quedar loco con propuestas más actuales, como “RSV – Fool Coincidence – Testigo” de Demoniac, o con esas colaboraciones fascinantes de Alfamorph, como “The All”.

Porque la escena no se honra sólo mirando hacia atrás. Se honra entrando a una tocata chica con la misma emoción con la que se entra a un estadio para ver a Metallica. Se honra conversando, difundiendo, compartiendo, respetando la memoria del Metal chileno y entendiendo que nada de esto se sostiene solo. Se sostiene con presencia, con apoyo real y, por supuesto, comprando el merchandising cuando se pueda, sin regatear jamás el valor de una entrada a los cabros que están dejando mucho de su vida presente arriba y abajo del escenario en la organización.

En la diferencia dentro de nuestro nicho, todos somos matices de este “Rainbow in the Dark” Thrashers, doomers, progresivos, deathmetaleros, rockeros clásicos, virtuosos, nostálgicos, under, viejos zorros y cabros recién llegando cachando torpe, pero genuinamente donde encajan (Como nos pasó a nosotros). Todos, de alguna manera, buscando lo mismo: una música que no nos trate como consumidores dormidos, sino como personas todavía capaces de sentir, pensar y por sobre todo, de arder.

Despertar, entonces, también es elegir consciente el Metal y el Rock. Es escuchar por fuera del algoritmo con sonrisa de burla, apoyar con actitud y cariño la escena local y dejar de esperar que el mercado nos diga qué vale, para en una deliberación rockera, decidir que es lo que realmente vale. Que el mercado no te lleve.

Despierta!

Rodrigo 666.