
Como si todo hubiese formado parte de un pacto, Ozzy caminó hacia la eternidad apenas después de su despedida.
Tal vez fue un guion escrito por los dioses del metal o un Pacto firmado con el mismísimo “Portador de la Luz” que, a cambio de una despedida gloriosa que fuera el inicio a su tránsito a la eternidad, a cambio, debía disponer su alma y, por supuesto, de asumir la tarea de musicalizar el inframundo.
Aquel viejo “contrato” contenía cláusulas difíciles e improbables, que ni el propio Ozzy habría imaginado posibles de cumplir.
La primera fue la resurrección escénica de Slayer, después de una gira de despedida, años de inactividad, el proyecto solista de Kerry King y diferencias públicas con Tom Araya. Nada de eso importó. Allí estuvieron, en la Misa Negra de Birmingham, tocando nuevamente.
Pero sin duda, condición más ambiciosa de este contrato tenía que ver con él mismo. “Una última vez juntos, frente a una multitud y con la formación clásica de Black Sabbath”. Eso significaba también el regreso de Bill Ward, quien, a sus 77 años, volvió a tomar las baquetas tras dos décadas de ausencia.
Y así fue.
Sin embargo, el cumplimiento de aquella cláusula final, también exigía una entrega. Aunque su movilidad estuviera reducida y debiera entonar los himnos desde un trono negro, para completar el conjuro todos debían dejarlo todo sobre el escenario.
Entonces cayó la última nota y el “Portador de la Luz” ya había cumplido su parte. Ozzy reunió nuevamente a la banda, recuperó por una noche aquello que el tiempo parecía haber roto y dejó su última reserva de vida sobre el escenario. Después de eso, solo quedaba abandonar el trono, apagar las luces.
El pacto, finalmente, se había cumplido.
Aquel recital, sin duda el más importante del siglo XXI, tomó la forma de un ritual pagano celebrado en Birmingham, ante 45.000 almas reunidas en Villa Park y más de cinco millones de personas siguiéndolo en vivo desde distintos lugares del mundo.
Además, todo lo recaudado —190 millones de dólares— fue destinado a fundaciones infantiles, hospitales y organizaciones dedicadas a combatir el Parkinson. Una última bofetada contra aquella maldita enfermedad que durante años intentó doblegarlo, pero que jamás consiguió arrebatarle su voz, actitud, dignidad ni su lugar en la historia.
Aquel acto dejó al descubierto una contradicción tan antigua como evidente. Durante décadas, Ozzy y Black Sabbath fueron señalados como símbolos del mal por quienes confundieron la oscuridad de su arte con la ausencia de humanidad. Sin embargo, su despedida terminó convertida en un acto de amor, generosidad y ayuda para otros.
Tal vez la verdadera maldad nunca estuvo en sus canciones, en los músicos ni en los propios metaleros, sino en quienes se esconden detrás de una fe vacía y permanecen indiferentes mientras se destruye precisamente aquello que se debe proteger.
Con todos estos ingredientes, la despedida fue como el resplandor de una estrella moribunda, cuyo último estallido de luz lo encandila todo antes de extinguirse. En Villa Park, sentado en su trono, rodeado por Black Sabbath y por generaciones enteras del metal, Ozzy convirtió su fragilidad en fuerza. Transformó un concierto en una ceremonia de metal, amor, gratitud y eternidad, compartida y comprendida por todos quienes alguna vez encontraron refugio en su música.
Me gusta creer que, en la literalidad de aquel pacto, todo debía terminar con la última nota y el saludo final sobre el escenario. Que su partida estaba acordada para ese preciso instante.
Sin embargo, la energía y el amor compartidos aquella noche, la fuerza interior de Ozzy y el fervor de tantas almas fueron capaces de detener incluso la voluntad del mismísimo “Portador de la Luz”, quién conmovido por la belleza de aquel final, le concedió diecisiete días más, alimentados por la emoción y la energía vital que los metaleros habían puesto a su disposición durante aquel ritual.
Y no pudo haber sido otro número.
En la simbología pagana, el 17 representa la victoria espiritual, la inmortalidad y el despertar interior. Es un puente entre lo terrenal y lo divino.
Y justamente eso fueron aquellos últimos días. El tránsito de Ozzy entre ambos planos. Mientras su cuerpo todavía permanecía con nosotros, su leyenda comenzaba a ocupar la eternidad. Y, de una forma difícil de explicar, todos lo sentíamos. Todos lo sabíamos.
Cumplido estaba el pacto y expirados los nuevos plazos.
Entonces, Ozzy partió.
Partió, pero no se fue, porqué su legado quedó en nosotros.
Su energía permanece en cada canción, en cada escenario, en cada recuerdo y en cada metalero que alguna vez encontró refugio, fuerza o libertad en su música.
Ozzy ya no pertenece a un solo lugar ni a un solo tiempo.
Está en Birmingham y en cada rincón donde suene una guitarra. Está en las sombras y en la luz. Está en quienes estuvieron allí y en quienes llegarán después cuando despierten por primera vez ante su música. Muchos de ellos, ni siquiera han nacido todavía.
Está en cada rockero.
Está en cada metalero.
Gracias, Ozzy Osbourne, “Príncipe de las Tinieblas”, por la compañía, la inspiración y la música. Por haber formado parte de la banda sonora de nuestras vidas.
Todos los metaleros te debemos recuerdos, emociones y momentos que permanecerán con nosotros, creciendo, heredándose y cultivándose.
… Porque aquel viejo pacto pudo terminar con la última nota y con los diecisiete días que vinieron después, pero su leyenda jamás conoció un final. Ozzy cruzó el umbral hacia la eternidad y en ella desde entonces, encontramos su inconfundible voz. …
Rodrigo666

PD: Estoy seguro que El portador de la Luz, también escucha Black Sabbath